El fantasma de Alcor
a bili murillo, a nuestros fantasmas en álamos

Ballesteros, Bili Murillo, Imbécil Egozoo, Téllez Pon, Óscar Benassini
Hay una constelación que se llama Osa Mayor, o carro mayor, como quieran llamarle, quizá la conozcan. No se puede dibujar aquí, pero bueno, el caso es que hay una constelación con ese nombre, son siete estrellas, aunque una es doble, por lo que en realidad son ocho. Pero son más visibles siete. Bueno, pues esta estrella doble, que parece una sola se llama Mizar, y si uno presta atención y entrecierra los ojos y se pone los lentes, se da cuenta de la otra, una más difusa y pequeña que lleva por nombre Alcor. Pues en esta foto. Yo soy Mizar. Y Édgar es Alcor. Es algo escalofriante. Y digo esto, porque recordé algo que pasó en Álamos hace como dos o tres años en uno de esos festivales famosos.
En cierta ocasión en Álamos en uno de esos eventos terribles donde se llena de gente ebria y disque cultura y arte, estábamos Bili y yo en un rave cerca de un panteón, la Casa de las Delicias. Estábamos muy contentos porque distraeríamos nuestra lengua con un LSD (los que no sepan qué es esto, no pregunten). Ok. Es una aceituna. El caso es que en pleno acto desesperado saqué mi cartera temblando y él bailando junto a mí. No sé si pasó un cuervo entre los dos, o si un mamut escupió desde el cerrito del mirador, pero el caso es que cuando iba sacándolo se me cayó al pasto, qué pasto, a la selva, al pinche bosque de tréboles de cuatro hojas que, se los juro, talamos Bili y yo para tratar de encontrarlo. Nos gastamos dos encendedores y cerce de 50 mil kilocalorías entre los dos. Y fracasamos. No sabía qué iba a pasar con mi cuerpo tan sobrio, tan cansado, tan sencillo, tan malditamente sano. Fui con el Llamas y le conté la experiencia. Se rió con unas pupilas que no tenían fin y me dijo: Seguro que se te cayó, cagón. Sí, contestaba mientras metía los dedos en mi cartera de la misma manera que le metían los dedos en el culo a Freddy Mercury en una de esas noches hiper hot después de un concierto (sorry, Tesia, no tenía otra analogía). Dame acá. me dijo. Metió sus deditos de santo, de perforador, y sacó de la cartera donde habíamos metido nuestra nariz (ya no piensen en el culo de Mercury) y las manos y todo, y de ahí sacó el pinche pajarito de la suerte que saca papelitos, así, de la misma manera, sus deditos bellos sacaron el ácido inmortal que nos transportaría después a un pueblo dilatado y lleno de fantasmas.
En ese viaje vi a la hija del mal. Es decir, no a la hija de Belcebú, es decir no sé si tenga hijas. El caso es que recuerdo que vi a esta mujer que se llama Luz Elena, que tiene un fotolog que en donde se hace llamar Hija del mal.
Horas más tarde, después de que pasé pruebas increíbles sobre mi percepción parabólica y marciana, me subí a un coche en movimiento, bueno, nos subimos Bili y yo, que para entonces, en ese momento en el que atravesábamos mucha gente en el carro de un desconocido, me percaté de que Bili era mi pinche ódradek, mi pinche lado oscuro, inseparable, inmarsecible, siempre ahí, pegado a mi cuerpo, como una sanguijuela, como una chinche, como algo inseparable, mirándome de la misma manera en que observa en esta pinche fotografía.
Le dije: Soy el Aldo. Se me metió el Aldo. Nota uno: Este tío saltó de un automóvil en movimiento por la Luis Encinas terminando con su vida. Un joven que estaba en Letras. Murió ahí, con su cabeza hecha pedazos. ¿En qué iba? Ah. claro: Entonces dije. Yo soy. Y me lancé para siempre como un fruto maduro que no tiene otra finalidad en el planeta sino el de caer, arrojarse, desprenderse de la rama de un árbol sin dramas. Antes de caer al suelo escuché la vocecita oscura de Alcor. Nooooooooooooooo Francoooooooooooooooo. Y después cerré los ojos como los cerrara, si tuviera, una guanábana, una tangarina, una granada.
Bueno, menos natural. Caí como cayera un saco de cemento Impala, ¿Impala? No, Campana. Sí. Campana. Pues como uno de ésos. No reboté. Más bien fue una caída matemática, sin torpezas. Plaf. Y me dije. A.a.l.a.v.e.r.g.e.l.e.s.t.o.y.v.i.v.o. Y me levanté a una velocidad anagabrielaguevarística y corrí hacia una pared en la que me quedé totalmente a gusto, como si mis hermanos ladrillos me dijeran: Bien hecho, pinche Egozoo, estás vivito y coleando. Pero cuando dijeron coleando, recordé al Piqui, un perro, el único, que tuve en mi infancia. Rercordé su cola moviéndose, la continuación natural de su columna, y entonces me dije: pinches invertebrados locochones, la tía que los parió y se los metió por el culo para volverlos a parir. Y recordé todo su crecimiento al instante, desde que era una cría hasta la culminación de sus huesos en el campo de futbol a dos calles de mi casa. Vi su crecimiento en cámara lenta, pero que en realidad es una velocidad luz, como cuando vemos crecer en televisión a una flor que se desarrolla desde la semilla hasta el fruto sexual de una corola abierta. Y Piqui se murió, se petateó y mi madre me dijo que iba al cielo de los canes, al cual yo, me juré, iría para postrarme a su lado después de mi muerte. Pinches invertebrados mamones, tiene cada especie su paraíso, excluyentes caradeculopeludos, me ponía a pensar ya después de cuatro años de su muerte, mientras jugaba un partido de balón pie, en el mismo sitio exacto de mi posición, media izquierda en ese campo inverosímil en el que yace su fantasma.
Y luego, así, como un pinche electrodo, como una colisión de protones en los que la palabra átomo pierde sentido, me di cuenta que yo también era un invertebrado y los ladrillos rojos ya no me daban mensajes ocultos y freudianos. Ya no decían nada. Yo estaba ahí pegado a la pared y la gente que pasaba me miraba como un bicho raro o como si fuera un fantasma al que están acostumbrados a ver en un pasillo pero que sigue imponiendo respeto. Y me puse de frente a la pared y le dije a los ladrillos, no mamen, no me confundan, no sean apabullantes, no sean tan chichoché en la playa. Después casi me pongo a llorar y una voz, lejísima, oscura, pétrea, dolorosa, me dijo: Así son cuando son. Y mi mundo se volvió un enfisema, un carcinoma, un pinche desmoronamiento universal, platónico, como un putito efebo que se rompiera para siempre, así, dentro de mí, la voz resonó como nunca ha resonado una hecatombe, un zeppelín, un dios que se tropezara con un planeta y se rompiera el hocico con un sistema solar, nada comparado con ese crooooooaaarrrrrssscklac en mi estómago. Y miré a un lado de donde, al sitio antiguo del que provenía la voz, o el río infernal que entró por mis oídos, y me di cuenta que era Alcor, el Bili, con sus ojos más grandes que nunca, con sus faroles argentinos encendidos hasta la costa de Montevideo. Así, ígneo, volcánico, me decía algo ininteligible, después no sé si en voz muy baja o si nada más movía los labios deletreaba una palabra obscena, de su calibre, porque a veces suele hacer eso. Y sentí miedo y le dije: Vade retro satán. Vete para allá perro lanudo, déjame estar solo con mi novia. Y él nada más sonreía y decía: Pendejo no hay otro sistema fractal como el tuyo, no te muerdas todavía las cánulas, no te rasques la sangre. Y me lancé otra vez hacia mis compañeros ladrillos y me recargué en ellos lo más fuere posible y Alcor se acercaba a mí con sus manos de momia, de zombie, de amenaza marabunta, de pirañas sueltas en una alberca, sus bracitos flacos, levantados, y con su boca infinitesimal balbuceando algo que jamás iba yo a entender. Y la gente decía, o yo alcanzaba a escuchar, o al menos a pensar, a imaginar con mi mente pop corn, con mi pinche cagona imaginación timburtoniana. Mira a ese par de jotitos, los muy uy uy uy allí, en lo oscurito queriéndose meter mano, los putitos de mierda, míralos, mi amor, jamás seamos como ellos. Nunca te agarres a una pared así, como si quisieras escalarla, no, chula, nunca te pongas así, como ese inocente, como ese abominable Amon Rah esquizofrénico que quiere atrapar al otro espaiderman que supone no los estamos viendo. Vaya sequía, vaya carne nuestra. Dios es un insecto que se masturba con estas escenas, mi amor, mi culito, mi cuerpito. Mejor vayamos a ver una exposición de pintura en la plaza y después comamos hostias con cajeta, con mermelada, con nuestro amor de salamandras, de iones y protones. Larguémonos lejos de este par de subnormales.
Dame un abrazo de tulipán, de leucocito, me decía Bili, mi sombra, mi ódradek. No seas cabrón, Bili, decía yo, no seas cojonudo, mírate, pareces un pinche drogadicto, además leucocito no es un osito cariñosito, no seas maniaco, límpiate los ojos, yo no soy pimpinela, soy el franco, paria, no dejes que esa cosa te consuma, di no a las drogas, di no al consumo de LSD, di no al materialismo histórico, respira, baja tus brazos. Piensa en lo que acabas de hacer. Leucocito no es un animalito que dispara rayos de colores desde su pancita. No. Despierta de este sueño. Los ladrillos no hablan, no te dan palmaditas en la espada…
Kiubole Franco, gritó ese río de personas, o alguien que avanzaba en ese río de personas que no dejaban de mirarnos. Franco. Franco. Franco. Y yo fui el que abrió los ojos y el vórtice dimensional seguía con los brazos levantados caminando hacia mí, moviendo su boquita de pescado. Y entonces corrí lejos, nadando con la corriente, un antisalmón, un maniático que seguía a la masa con los ojos cerrados, gloriatreviescamente, y ¡bum bum bum bum bum! Goran Bregovic me dijo al oído. Estás dopado. Abrí la bocota de bagre, solté una carcajada y me dije: Sin duda que sí, soy el cabrón más afortunado del mundo, mientras removía el papelito entre la lengua y mis dientes. Atrás, como a once metros, Alcor seguía mis pasos con una convicción estelar, zodiacal, egipcia, y detrás de él Hoffman se estaba riendo.
CONTINUARÁ:::::::::::::::::::